Cabra Lunes, 27 de marzo de 2017

  

HERMANDADES
El Egabrense Antonio Rascón, nombrado Comendador de la orden O. S. M. T. J.
RINCÓN LITERARIO
RINCÓN LITERARIO |
Ella


María José García Peinado
Miércoles, 01 de julio de 2015 (18:48:25)

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-Dime, ¿cuánto tiempo llevas aquí?



La muchacha la miró entre sorprendida y aliviada al escucharla preguntar.



-Ni mucho ni poco, lo necesario.



-¿Lo necesario para qué? – volvió a preguntar la señora que parecía estar demasiado aburrida aquel día.



- Simplemente eso, lo necesario – respondió con desgana mal disimulada.



La señora convertida en su improvisada amiga rondaría los sesenta y cinco años, regordeta, con bastante poco gusto en el vestir y tan bajita quedebía sentarse al borde con tal de que no le colgaran los pies. Era una mujer normal. Tan normal, que la muchacha pudo haberse cruzado con ella varias veces y confundirlacon cualquier señora de sesenta y cinco años regordeta, bajita y con poco gusto en el vestir.



Llevaba el pelo con el tinte recién puesto, muy cardado, con el tono rubio típico que eligen las señoras para aparentar ser más jóvenes (como si el color del pelo arreglara todo lo demás) cuando el resto de su cuerpo abandonó la juventud. Era de nariz chata con una marca de gafa a los lados. Labiosmuy finos, casi inexistentes, y en el  superior asomaban unos pelillos bastante desagradables. De suspequeñas orejascolgaban unos pendientes de oro ennegrecido. Los ojos redondos y saltones. Lasmejillas regordetas y sonrosadas y el mentón normal, con uno o dos pelitossobresaliendo por no desentonar con los del labio superior.



La buena señora tenía unos brazos cortos con manos de niña pequeña pero agarraban con fuerza el monedero. Vestía una especie de bata floreada sin mangas y rebeca descolorida de grandes bolsillos a los lados, vacíos.Unas medias muy tupidas y zapatos deformados. Así era la nueva amiga íntima que le tocó aquel día. Pudo haber sido peor, pensó.



La semana anterior fueun señor muy alto y poco hablador, y la de antes una mamá con un niño impertinente que no dejaba de gritar.



Después de todo, ésta, pese a los ojos inquisitivos no estaba tan mal.



-¿Lo necesario para qué?- Repitió la señora.



No respondió. Se limitó a quedarse seria, como si le fuese la vida en ello o no pudiese contar exactamente qué es lo que hacía allí.



De hecho ni ella misma lo sabía.Pero parecía que aquella señora bajo permanente y tinte, tenía algo de interés, o ganas de hacer el rato más ameno, quién sabe.



La muchacha lejos de sentirse incómoda anteaquella banal conversación, se vio  reconfortada. Con el transcurso de los minutos comenzó a reconocer en la señora unos gestos de real preocupación casi maternales. Y quizá fuera eso lo que hizo que pudiera al fin después de tantos días, acomodar la espalda en ese banco del parque donde estaban sentadas una al lado de la otra.



Por un momento se olvidó de lo que hacía allí, de lo que llevaba haciendo todo este tiempo. Realmente había encontrado una interlocutora tan entretenida que supo que en el momento en que aquel cuerpo pequeño se levantara del banco para marcharse, la echaría de menos.



Hablaron del tiempo, del pueblo, de los nietos, del trabajo, de las fiestas, de la crisis… hablaronde lo que dos desconocidas pueden hablar en un banco de un parque a las seis de la tarde. La muchacha supo, que era abuela de cinco nietos, que dos de ellos estaban trabajando en el extranjero. Se veía orgullosa y triste a la vez. Le hizo saber que era viuda desde hacía tres años y que su difuntomarido había trabajado de albañil toda la vida, que dos de sus tres hijos no se hablaban y que a ella le gustaba pasear por el parque y jugar con la nieta pequeña.



La atendía con mucha atencióny recreando en su mente todos los escenarios que la mujer le contaba. Puso cara a sus nietos, a sus hijos, e incluso a su difunto marido. Prácticamente era la invitada de lujo a un monólogoen el que solo tuvo derecho a asentir, reír, y poco más ya que la señora no la dejaba interactuar en la charla.



Cuando la conversación no tuvo más razón de ser y la mujer lo consideró oportuno, se despidió excusándose con que tenía que ir a casa de la hija. Regalándole una amable sonrisa, se levantó y se fue.



Tras pasar una tarde raramente animada, la embargó una extraña sensación de vacío, semejante a cuando cuelgan el teléfono y lo único que se oye es la respiración de uno mismo y el silencio.Pero pronto se entretuvo mirando las ramas de los árboles y las palomas que por allí revoloteaban, hasta que comenzó a anochecer y el paisaje cambió de color.



Llevaba tanto tiempo allí sentada viendo a la gente pasar, sentarse, jugar, correr, ignorar, que se le olvidó por qué estaba allí y el motivo de las visitas repetidas a ese banco. Por un instante tuvo la sensación de  vivir una vida que no le correspondía, de ser un personaje secundario y pasajero en la vida de los demás.Las ramas verdes de los árboles se tornaron pardas y más tarde se cubrían de nieve.



La muchacha siguió visitando aquel rincón todas las semanas incansablemente y casi había desarrollado inmunidad a los gritos de los niños y al ruido del tráfico de la avenida que pasaba a unos metros de donde ella solía sentarse.



Lógicamente, volvió a tenercompañeros de banco de lo más variopintos, pero nunca volvió a cruzarse con su amiga íntimahasta ese mismo día. Hacía frío y lloviznaba.



La señora se sentó.No había cambiado en absoluto. Los mismos ojos, manos, pies, boca… sólo elatuendo era diferente. No mucho más elegante pero adaptado a las condiciones meteorológicas de ese momento.



Como ocurrió la primera vez, fue ella la que comenzó la conversación:



-¿Sigues aquí por lo que veo, no?



La muchacha guardó silencio de mala gana pues parecía que quién le hablaba era su madre.



-¿Me vas a contar qué haces aquí?- Dijo con una pizca de amor en los ojos sin renunciar por ello a las ganas de saber  -¿A quién esperas?



Ella, rompiendo el hilo invisible que le unía la lengua y la mente, decidió que era hora de contestar. Con un tono infantil, en un intento de reconocer lo irreconocible, sentenció:



-Me espero a mí…



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