Cabra Jueves, 17 de agosto de 2017

  

HERMANDADES
El Egabrense Antonio Rascón, nombrado Comendador de la orden O. S. M. T. J.
RINCÓN LITERARIO
RINCÓN LITERARIO |
Ocurrió en Príncipe Pío


Fran Zurera. Historiador.
Viernes, 15 de febrero de 2013 (08:03:00)

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Fran Zurera.
Fran Zurera.
  Hay leyendas que pasan desapercibidas a los ojos de la gente, que ajetreada e inmersa en su mundo febril, no se detienen a conocerlas, y mucho menos a aprender de ellas para anhelar vivirlas; leyendas sin ambición, sin reyes ni reinas, sin príncipes ni princesas, pero leyendas como la que aquí se narra que contienen lo más esencial que puede existir, él y ella…



Paseaba dejando a un lado la ribera del Manzanares, teniendo a su derecha los Jardines del Moro. El bullicio del tráfico a esa hora era un tanto molesto, aunque acostumbrado al zumbido incesante de la capital poco o nada le hacía reparar en él. Su paso firme, resuelto. Un chico apuesto, incluso guapo decían, de pelo lacio y mirada profunda; meticuloso en su forma de ser. Gran persona para la mayoría, muy buen amigo de sus amigos y según cuentan las lenguas pretéritas un tanto parlanchín.



La gente caminaba deprisa. Él por el contrario se mostraba sereno, incluso disfrutaba del paseo. Las cotorras anidadas en las copas de los grandes árboles de los jardines le hacían de banda sonora ante aquella situación especial, sin duda la más especial de todas.



Al fondo, la antigua Estación del Norte. Aquella ampulosa obra de bella factura que hubo para no perecer, de adaptarse a los tiempos modernos convirtiéndose en un centro comercial denominado desde entonces Príncipe Pío. Era su destino, el sitio elegido. Él llegaba pronto. No tuvo incoveniente en esperar. Sacó su teléfono móvil del bolsillo para llamar a un amigo, ya tenía resuelta la espera estando entretenido de esta manera.



Ella contaba en el metro las paradas. Tantas paradas hasta Príncipe Pío, se repetía. No veía el momento de llegar a la Estación. Llevaba casi una hora dando tumbos por los subterráneos de Madrid. Varios chicos y algún señor, la miraron de reojo, no en vano, aquella chica de pelo negro ensortijado, figura esbelta y mirada atractiva no pasaba desapercibida. Aunque ella nunca llegó a notar aquellas miradas. Solo pensaba en él. En ese chico alegre, extrovertido, con un irresistible acento cordobés y una labia atrayente. Pensó en la primera vez que se conocieron y todo hizo que a sus labios acudiera una sonrisa no provocada y que ella disfrutó sobremanera.



El metro por fin se detuvo. Al salir del vagón. Vinieron a inundar de olores, de ruidos, de colores, los pasos de ella. Se vio empujada por no sé qué fuerza invisible que le hizo subir por las escaleras mecánicas. El centro comercial era un bullicio, una auténtica y maravillosa locura. Junto a las escaleras, que subían a la planta superior, allí observó que estaba él. El cosquilleo de su estómago le anunciaba una incertidumbre que no quería dejar de tener, una atracción que sentía hacia aquel chico que le había hecho semanas atrás sonreir. Caminó, vio que él la miraba de soslayo mientras hablaba por el móvil o hacía como que hablaba. Ella sonrío. Él, también. Se acercó con calma mientras un pequeño mechón de su pelo negro caía sobre un lado de su cara.



Al verla llegar, al observarla sonreir, él quedó  petrificado ante aquellos ojos demasiado bellos, ante aquella chica que había decidido fijarse en él, suerte la suya rumió. Fue pillo y al tenerla apenas a unos centímetros, notando como se le disparaba el corazón al sentirse completamente embriagado por su perfume, no pudo aguantarlo más y sin mediar un hola, un ¿Qué tal estás? La besó.



Nada existió más que ellos dos juntos, solos entre tanta gente y su beso, todo conjugado en sus labios entrelazados. El mundo dejó de cobrar importancia, la gente se convirtió en un borrón que se desdibujaba a su alrededor. No supieron en qué momento dejaron de besarse ni cuántos minutos hubieron pasado. Para ellos un segundo…



Sigue contando la leyenda que fue en Príncipe Pío y no por casualidad. Qué aquel beso los fundió a ambos haciéndolos uno y lo más importante aún, que con aquel beso surgió un amor inmortal. Y es que el gran reloj de su estación, cobijado al amparo de su gran cúpula de cristal guarda el secreto de ambos.



¿El nombre de ambos? Príncipe Pío regala su leyenda para quién la quiera poder conocer e incluso si tiene suerte poderla vivir con aquella persona especial, aunque celoso de que le roben una de sus leyendas más hermosas, ha preferido guardar en un rincón olvidado el nombre de ella, el nombre de él. 


 












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