Cabra Jueves, 27 de julio de 2017

  

HERMANDADES
El Egabrense Antonio Rascón, nombrado Comendador de la orden O. S. M. T. J.
RINCÓN LITERARIO
RINCÓN LITERARIO |
Mártires de Poley (VII-VIII)


Fran Zurera. Historiador.
Martes, 06 de noviembre de 2012 (13:07:10)

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Fran Zurera.
Fran Zurera.
  VII.



Fátima salió dos días más tarde de nuevo a caminar despreocupada por las calles de la ciudad. Sus contoneos y sus risas alegres no pasaban desapercibidos entre la gente. Muchas de las mujeres que volvían del mercado y se disponían a emprender de nuevo las tareas más cotidianas del hogar, lanzaban alegres piropos a la muchacha. 



Ella respondía con alegres palabras. Conocía a todas esas mujeres y sabía del cariño que le profesaban. Siguió caminando, sin prestar más atención que a sus propias tribulaciones, a sus pensamientos íntimos y a esa curiosidad innata que le había regalado su madre al nacer. 



Miraba en derredor buscando algún símbolo perdido, algún hallazgo interesante que poder contar a su padre y con el que entretenerse para buscar una lógica oculta. Quería comprender como Dios en su infinita bondad, en su buen hacer de demiurgo creador había conseguido realizar la magna obra que era el mundo. Como ese ser superior había reparado incluso en los detalles más nimios haciendo bello hasta un insecto o dándole una forma pura y casi mágica a una gota de agua. 



Sus pasos le hicieron recorrer casi la totalidad del entramado de Qabra. Algunos chicos la miraban y quedaban alucinados con la belleza que desprendía. Sus ojos oscuros, su pelo largo, ensortijado y sedoso. Su sonrisa blanca, inmaculada. Fátima poseía esa extraña atracción que hacía a los hombres perder el sentido por ella. Quizás no lo supiera pero tenía este efecto en los hombres. O quizás sí y por eso a veces lo utilizaba para conseguir algún pequeño favor de ellos. 



Al igual conocía el amor que Said le profesaba pero ella no era capaz de corresponderle. No amaba a ningún chico de su edad en realidad. Su amor radicaba en el conocimiento, en la búsqueda de una mayor sabiduría. 



Pasó junto a la puerta de entrada a la ciudad. Ensimismada en su mundo no se percató del hombre que dejado caer en la pared no le quitaba ojo de encima. 



VIII.



Dejado caer en aquella pared se miraba las manos llenas de suciedad. Las uñas estaban totalmente negras. Su ropa era una amalgama de hilachos informes que cubrían apenas un tercio de su cuerpo. Su pelo totalmente cano era el lugar preferido de piojos que no dejaban de molestar. Su rostro solo era una calavera chupada a la que se adhería la piel de un color cetrino. 



Los meses, los días, las horas y los minutos estaban causando un deterioro veloz en él. El cuerpo famélico que portaba no podría haber servido ni para que los perros se relamieran con sus huesos. Comía lo que pillaba, vivía de la parca limosna de algunos seres de rostro oscuro caritativos y las más de las veces de los desperdicios de la basura, incluso llegó a comerse una rata que había matado y estaba tostando en un pequeño fuego que alguien había dejado encendido. Sabía que su vida se acortaba por momentos y tampoco se preocupaba por ello. Estaba esperando una señal de Dios que le hiciera actuar, que pudiera señalarle el camino para pulgar sus pecados. 



Dormía junto a la puerta de entrada de la ciudad, en un rincón lo suficientemente acogedor como para no mojarse en días de lluvia. Los vigías del portón, lo habían conocido y lo trataban como a un loco que no hacía daño a nadie por lo que tampoco hicieron por detenerle. Tan solo lo miraban y se mofaban de él. Alguno incluso aprovechó los primeros días en los que él era el centro de las burlas, para desde lo alto de la puerta orinarse y que cayera sobre él, lo cual sucedió. 



Todo le parecía banal, él, tan solo quería concentrarse en buscar la señal de Dios. 



Esa mañana todo cambió. Al mirar detenidamente observó la luz que irradiaba aquella sonrisa. Solo vio la luz y comprendió o quiso entender que esa era la señal que debía de buscar, que tenía que encontrar. 



Pensó que su misión había quedado expedita y que no cabía otra cosa que esperar el momento idóneo para apoderarse de aquella luz pues entonces Dios volvería a hablarle y hacerle partícipe de sus designios…


 












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