Cabra Lunes, 23 de octubre de 2017

  

HERMANDADES
El Egabrense Antonio Rascón, nombrado Comendador de la orden O. S. M. T. J.
RINCÓN LITERARIO
RINCÓN LITERARIO |
Mártires de Poley (I y II)


Fran Zurera. Historiador.
Lunes, 24 de septiembre de 2012 (11:46:34)

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I


Caminaba solo, abatido, con la mirada perdida entre los caminos sinuosos. Debajo del ropaje se adivinaba un cuerpo famélico. A cada ruido que escuchaba, su cuerpo se sobresaltaba por una serie de espasmos que lo hacían retorcerse. Sus manos, entrelazadas en un movimiento frenético, como si quisiera limpiarse las huellas de algo ocurrido tiempo atrás. Su cabello ralo dejaba al descubierto unas entradas y un mechón canoso hirsuto y muy llamativo para su temprana edad, sus ojos de un verde vívido, intenso y atrayente, no coincidían con las arrugas que surcaban su frente, con los pómulos huesudos y los labios ajados. Vociferaba más que hablaba, palabras incoherentes entre las que destacaba la frase que repetía una y otra vez, sin pausa ni descanso, con un timbre frenético y los ojos inyectados en sangre:



-¡Novecientos noventa y nueve! ¡Novecientos Noventa y nueve! ¡Y sólo uno abjuró!-



La gente de la Villa, salía a su paso para verlo desvariar, reían a mandíbula batida, mientras espetaban los más diversos improperios hacia el personaje pintoresco que deambulaba sin un lugar fijo en el mundo por las calles de la población. Cada rincón que dejaba atrás se poblaba de gente que abandonaba sus quehaceres para juntarse y reír a costa del infeliz que seguía su monótono concierto de, según esas gentes corrientes de rostro desvanecido en el tiempo, locuras sin más.



Niños desdentados, descalzos y harapientos, caminaban a sus espaldas burlándose de él. Algunos iban pertrechados de piedras con las que hacer blanco en su espalda, de lo que daba buena cuenta los moratones violáceos que se dibujaban bajo el ropaje, entre el pellejo que se cernía a sus costillas prominentes.



La primera piedra no tardó en pasar zumbando junto a su oreja izquierda. La segunda rozó su rostro. A la tercera no esperó y salió corriendo entre las calles tortuosas del barrio viejo. A grandes zancadas, que le hacían quedarse sin aliento, dejaba tras de sí, la Calle Noreta, la Calle de la Llave, la Calle de Pedro Márquez. Hubo de parar y al alzar la vista, deslumbrado por los rayos de sol que se colaban entre los penachos del imponente Castillo de Poley, decidió que tenía que partir hacia cualquier lugar, lejos de aquel tormento que le causaba sentirse extranjero en su propia villa. Abandonar las calles que lo vieron crecer, y que ahora eran puñales que rasgaban su mente, provocando una extraña sensación, la de torturarlo sin fin, pero sin llegar a matarlo, como él deseaba.  



Medio escondido, desanduvo sus pasos, embozado con un cubre rostro que tomó prestado de la cuadra trasera de una casa en la que al sol del mediodía se dejaba secar la ropa. Caminó en silencio, auscultando los sonidos de las piedras, las voces, los balidos de los rebaños que pasaban junto a él camino del establo. Traspasó la puerta de Espejo y prosiguió hasta llegar a los extramuros alejados de la ciudad. Una vez allí, inició camino hacia no sabía dónde.



II



Pululando, casi levitando por el pequeño zoco dejaba posar sus manos entre la fruta fresca del día, aspiraba los aromas de las especias y acudía presta a las ofertas que las viejas hacían desde sus estantes. Regalaba su sonrisa por doquier, engatusando a los jóvenes tenderos que caían rendidos ante el negro profundo de sus grandes ojos, abanicados por sus pestañas largas hasta el infinito. Esa mirada altanera y pícara, intensa y estudiada le había procurado más de una vez ahorrarse un gran gasto en su compra diaria. Situación que estaba repitiendo en ese momento. A sus espaldas escuchó la voz del muecín llamando a la oración, el ruidoso estruendo se iba apagando, aunque ella seguía a lo suyo sin prestar mayor atención.



No serían más de dos segundos, los que tardó en percatarse de la sombra que tenía tras de sí. Sin inmutarse un ápice, habló con voz socarrona:



-Said, por más que me persigas mi respuesta será la misma que te di en su día. No.



-Buen día tengáis mi dulce Fátima. Sabed que ha sido casualidad encontraros aquí en el zoco.



-¿Casualidad dices? En primer lugar, déjate de formalismos, hace ya demasiadas lunas que nos conocemos. En segundo lugar, la casualidad viene desde la mañana temprana de este día pues creo que desde que salí de casa me vienes siguiendo los pasos.



-Llevas razón, mi dulce Fátima. Es que no aguantaba la tortura de decirte que he descubierto que Al-Muqqadam fue profeta pues sus moaxajas fueron creadas pensando en tí.



-Pobre del gran Muqqadam, que el gran Alá lo proteja allá donde se encuentre y lo libre de tus pensamientos de sátiro.



Said rió la ocurrencia de Fátima y acercándose un poco más a ella le pidió que le dejara acompañarla en sus recados.



Fátima que no tenía nada mejor que hacer y gustaba de la conversación un tanto insulsa pero grácil y alegre de Said le dio permiso. No fue más de una hora la que hizo cargar al pobre muchacho con la compra del día, hasta que llegaron a la puerta de su casa en la que ella se despidió alegremente de él.



Antes de irse, Said dijo:



-¿No cambiarás nunca tus sentimientos por mí?



-Siempre te querré como un hermano Said…



-¿Que tendría que pasar para que cambiaras tus sentimientos?



-Qué Qabra no apareciera nunca más ante mis ojos.  












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